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La glosa de la semana

Léxico familiar

Natalia Ginzburg · Lumen

Cada vez que, en la mesa, alguno de los hijos volcaba un vaso o dejaba caer un cuchillo, el padre tronaba: «Non fate malagrazie!» (viene a ser «no hagáis groserías», pero dicho por él). Así arranca Léxico familiar (1963), de Natalia Ginzburg, y de eso está hecho: de las frases que los Levi, una familia judía y antifascista de Turín, se repetían hasta volverlas un idioma propio. Ginzburg las llama su latín: bastaría una, dice, para que los hermanos se reconocieran a oscuras en una cueva, entre millones de personas.

Antes de eso, en una advertencia, avisa de que todo es real —nombres incluidos: no se vio capaz de cambiarlos— y pide que se lea como una novela. El comercio no se aclara: en todostuslibros figura en Narrativa; en la web de la editorial, en Biografías y memorias. Aquí obedecemos a Ginzburg a medias: lo leemos como una novela y lo citamos como se citan las frases de casa, a destiempo.

Esta semana, Ginzburg nos lleva a El zafarrancho aquel de via Merulana (1957), de Carlo Emilio Gadda, una novela policiaca en la Roma fascista de 1927: el comisario Francesco Ingravallo investiga dos delitos en un mismo edificio, un robo de joyas y luego un asesinato. Gadda es espeso donde Ginzburg es llana, y en su novela cada cual habla su dialecto (el comisario, molisano; la condesa de las joyas, veneciano). Los dos están hechos de cómo hablaba la gente, y puestos juntos se reconocen enseguida, como los hermanos de aquella cueva.

Josep Julià se lo tomó al pie de la letra al traducirlo al catalán (Proa, 1995): lo tituló Quell merdé hurrible de via Merulana y pasó el romanesco a barcelonés de calle, el napolitano a valenciano, el molisano a leridano y el veneciano a un gerundense de provincia. En castellano está en Sexto Piso, traducido de nuevo por Carlos Gumpert (2019) y con el título que le puso Juan Ramón Masoliver en 1965. A Gadda, mejor en voz alta, aunque en casa te miren raro.

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