glosaun libro siempre lleva a otro libro

La glosa de la semana

Pedro Páramo

Juan Rulfo · RM, edición conmemorativa

En 1961, recién llegado a México, García Márquez recibió de Álvaro Mutis un libro delgado y una orden: «¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!». Lo leyó dos veces esa misma noche. Años después presumía de poder recitarlo entero, al derecho y al revés. Se puede leer muchas veces y seguir perdiéndose en el mismo sitio, hacia la mitad, hasta acabar pensando que ahí está el libro.

Un hombre llega a Comala porque se lo prometió a su madre: va a buscar a su padre. El pueblo está vacío y, sin embargo, nadie se calla. Rulfo publicó adelantos en revistas con otros títulos; uno era Los murmullos, y es mejor sinopsis que cualquiera que se escriba aquí. No hay un narrador que ordene las voces ni fechas que las sitúen: entras como un recién llegado y vas reconociendo a la gente por cómo habla. Quien necesite saber en cada página quién le está hablando lo va a pasar mal un rato. Esa es la regla del juego; cuando se acepta, el libro se abre.

La semana pasada dejamos a Rodoreda junto a Rulfo; esta semana movemos a Rulfo. Lo ponemos al lado de La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio (1962), que nadie juntaría con él hasta verlos uno al lado del otro. Cepeda, del grupo de Barranquilla y amigo de García Márquez, tardó ocho años en escribir sobre la matanza de las bananeras de 1928 en Ciénaga, y la rodea en vez de mostrarla: la cuentan unos soldados, una familia, el pueblo y hasta un decreto oficial. Un pueblo de Jalisco y otro del Caribe colombiano, y el mismo procedimiento: el poder contado a retazos por quienes lo padecen, sin nadie que lo explique desde arriba. Cinco años después, García Márquez se llevó esa matanza a Macondo; había aprendido de los dos.

La casa grande está en La Navaja Suiza, 192 páginas. Léelos seguidos si puedes, y en ese orden.

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Un libro siempre lleva a otro libro.

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